8 mar 2012

LAS MANOS GRANDES DE DIOS


Ese día empezó a llover, notaba la lluvia más por el sonido y la humedad que por otra cosa. Luego apareció el olor que me ahogaba. Nunca me ha gustado el olor de la lluvia, me impide respirar y me siento fatigada, aunque eso ya da igual.
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Recuerdo aquel día en que la lluvia irrumpió en los campos, estaba paseando y me cale hasta los huesos, me acerque a un risco y divisé el valle verde golpeado por la lluvia. Las flores blancas de las jaras se debatían de un lado a otro como si quisieran esquivar las gotas gordas que Dios lanzaba desde el cielo con sus inmensas manos, a mala leche todo hay que decirlo, ya que llevaba meses sin caer una sola gota.
Levanté la cara y noté la lluvia sobre mis párpados, azotando levemente mis ojos escondidos como alas de mariposa y me sentí viva, por un momento desee gritar con la boca cerrada y mis pulmones me devolvieron un golpe de tos que me hizo regresar al mundo real de un gran manotazo. Tras recuperarme y secar las lágrimas del ahogo volví a disfrutar de la lluvia. En el valle los aldeanos  corrían de un lado a otro debatiéndose entre los ríos de agua que campaban a sus anchas por las calles empedradas, todo estaba limpio, todo era real, todo estaba vivo.
Me senté en el suelo a duras penas y noté como mis pantalones de algodón se empapaban, y las gotas de agua que resbalaban por mi espalda se perdían a través de mi trasero y conseguían su objetivo, llegar a suelo…. Estaba empapada, odio esa sensación, pero en ese momento no me importaba. Era una lluvia torrencial de verano y hasta se agradecía eliminar el calor del modo que fuese.
Mi pelo chorreaba sobre mis hombros, antaño frondoso, rubio y largo, ahora gris, fino y blanco. Lo seguía conservando largo porque me transmitía un halo de juventud perdido que aferraba con mis huesudas manos intentando que estuviera allí siempre, a mis ojos lo conseguía, para el resto, probablemente, era una vieja loca… sin más.
He aprendido con la edad que tus ojos proporcionan a tu mente un placer que los demás te niegan, de modo que yo he aprendido a confiar en mis ojos y en mi mente que otorgan a mi corazón el placer máximo de la indiferencia y de lo irreal, cosas que me abstraen día tras día y hacen que olvide el paso inexorable del tiempo que de repente me pilló sin nada, sin haber hecho nada y ahora ya era demasiado tarde.
Ahí sentada, calada y vieja sentía que la vida había pasado como ese agua recorriendo las calles, continua, unidireccional y muy rápida. Había demorado tantas cosas que al final nada había cambiado, me había acobardado tanto la novedad que la sorpresa de una vida diferente no había tenido la oportunidad de colarse en mi alma, de modo que mi existencia, a mi entender, había sido vana, y me dio por pensar en mi padre, fallecido con 58 años de edad. Tenía una esposa amante, felicidad, una hija, una vida plena…. la vida es injusta creo yo, o quizá es un regalo que no todos sabemos apreciar, que no todos sabemos valorar y nos hundimos con la más mínima desgracia lamentándonos todo el tiempo, maldiciendo la oscuridad pero sin encender una vela. Esa ha sido mi vida, una ciega en un cuarto oscuro rodeada de velas y cerillas, pero sin alcanzar a cogerlas, asustada, acobardada, encarcelada… un desastre, una vida perdida, un vacío eterno un final infeliz… pero ya da igual.
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Actualmente no me preocupa nada, mi pelo, mi pasada juventud, las jaras, la lluvia en mi rostro, mi ropa empapada, ese momento de vida plena...., me agota pensar, lo hago todo el tiempo…., pero mi cuerpo no se mueve, la tierra y la oscuridad me rodean por todas partes y solo me complace, como ahora, escuchar la lluvia filtrarse por la tierra, lenta e inexorable, como la vida, intentando llegar a mí, sin tocarme… Recuerdo esos aldeanos corriendo. Quizá ahora también lo estén haciendo…. La vida no se detiene para nadie.
Se rompe mi caja de pino, está destrozada por el tiempo, enmohecida… la oigo crujir y no me espanta, se derrumbará sobre mí cualquier día, pero que importa, quizá un día deje de pensar, y esas manos grandes de Dios conviertan mi muerte en algo más importante que mi propia vida.

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