Hubo algo dentro de mí que se rompió de repente, como si millones de cristales rotos se deslizasen a través de mi tubo digestivo para acuchillar mi estómago del mismo modo que ocurriría en una película gore. Nunca me había sentido así de mal. Permanecí con la boca abierta durante un largo rato mientras el hablaba sin parar por el auricular del teléfono, contándome todo aquello que ni en millones de años hubiera podido imaginar. Siempre había deseado lo mejor para el, y procuraba su bienestar..... y fíjate, para nada. Deseaba colgar el teléfono con todas mis fuerzas, pero gracias a Dios no lo hice y terminé estoicamente de escuchar. Solo pronuncié un “hasta luego” antes de colgar y ponerme a llorar. Unas lágrimas gordas y ardientes, dieron paso a ojos hinchados, agua fría, y una pastilla de Lexatín, que hizo el milagro de calmarme y ver las cosas de otro modo.
Aquel día terminó mejor de lo que empezó. Era de esos días en los que la depresión iba llamándome por mi nombre, con una voz metálica y a la vez dulce como el algodón de azúcar desde no se que lugar de mi casa, y al final conseguí darle esquinazo. Odio el azúcar.
Mis pastillas de Lexatín son como los polvos mágicos que utilizan las hadas, son como estrellas que surgen de la varita de un mago concediendo miles de deseos, y que ralentizan mis sentidos haciendo que escuche la voz del mismísimo Dios tranquilizándome y susurrándome bonitas palabras al oído, diciéndome que todo está bien, y lo que no lo está puede arreglarse.
Eso hizo que el día fuese diferente al que en un principio iba a ser.
Y me pregunto yo: ¿No podría tranquilizarme yo misma, sin tener que utilizar este sistema? Porque digo yo, luego estoy como gilipollas durante todo el santo día, y vale para un rato, pero no todo el tiempo, que luego cojo el coche y parece que va sobre raíles. Cualquier día tengo un “piñazo” y va a ser Dios quien me reciba, y no para susurrarme bellas palabras precisamente, si no con un tirón de orejas o un cachete de esos que dan los padres cuando te has portado mal y te dejan todos los dedos marcados en la cara, o en otro caso –casi peor-, la policía haciéndome un test de esos que te quitan hasta los puntos de la operación de apendicitis del mes pasado. Vamos, que con solo mirarme a los ojos ni test ni leches. A la cárcel.
No, que me da miedo, pero mi Lexatín, guardadito con el resto de medicinas, cerca de los algodones, las tiritas y las pastillas de mi alergia. Son como una puerta secreta dentro del armario que me conduce a un mundo de relax absoluto durante unas 8 horitas o más. ¿Qué haría yo sin ellas? Pues caer en manos de esa depresión que anda acechándome por las esquinas y que esta deseando hincarme el diente y llenarme de pegajoso algodón de azúcar. Chapapote rosa.
Y, ¿ por que estoy así?. Bueno tengo problemas como todos tenemos supongo, solo que yo soy muy frágil. Es como poner una tonelada de ladrillos encima de la baca de un Seat 600.
Si, tengo problemas de todo tipo, podría tener un desplegable igual que el de los tarjeteros, que cuando los abres caen al menos un metro hacia el suelo, lleno de tarjetas de todo tipo y que al final solo utilizamos
Siento miedo de tener miedo, de la soledad y de la muerte. Me espanta que mis seres queridos puedan desaparecer. Me siento como un jarrón de cristal lleno de flores al borde de un precipicio.
Me aterra la vida, y para el día a día necesito un flotador que me haga sentirme bien aunque esté rodeada de tiburones. No me doy cuenta que mi flotador está lleno de aire y que solo esto me sujeta. Aire.
La vida de hoy en día es peligrosa, soez y triste. Me abruma la salida del sol porque me anuncia un nuevo día lleno de peligros.
Recuerdo que hace tiempo era optimista, ahora me he convertido en una optimista con mala experiencia, o sea, una pesimista a palo seco.
Intento buscar las cosas buenas en la gente que me rodea, intento yo misma ser buena, pero me es imposible, quizá sea recíproco y yo fomente el malestar de la gente y no me de cuenta. Soy arisca y los demás también lo son conmigo. Me pongo a la defensiva, y soy de las que pienso que todo el mundo es idiota hasta que se demuestra lo contrario. Conmigo hacen lo mismo.
Me cuesta terriblemente enfadarme, pero cuando lo hago, no puedo parar. No puedo hacerlo. Soy como Hulk pintada de verde. Mi ira es terrible. La apaciguo siempre que puedo pero a veces soy como un volcán anunciando la inminente erupción.
Dios, que puedo hacer si mi Lexatín apacigua el volcán como quien pisa la colilla de un cigarro.....
¿Que puedo hacer para continuar viviendo?
Acudir al psicólogo, ya, es fácil decirlo, pero es muy complicado contar toda mi vida a un señor de pelo blanco, con las gafas caídas y que me otea desde su sofá desgastado..
Sales vacía completamente y con otro problema más añadido: ¿No conoceré este señor y le he contado todos mis problemas con pelos y señales? El caso es que me sonaba su cara...... ¿No me lo encontraré cualquier día de cañas, y se me quedará mirando? Pensando... la loca esa.
No vuelvo más.
De modo que nuevamente me encuentro sola con mis problemas y mi cajita de Lexatín que siempre me llenará de buenos momentos, tranquilos y sosegados...... no hace preguntas y no tiene gafas.
Mis pastillas de Lexatín son como los polvos mágicos que utilizan las hadas, son como estrellas que surgen de la varita de un mago concediendo miles de deseos, y que ralentizan mis sentidos haciendo que escuche la voz del mismísimo Dios tranquilizándome y susurrándome bonitas palabras al oído, diciéndome que todo está bien, y lo que no lo está puede arreglarse.Y, ¿ por que estoy así?. Bueno tengo problemas como todos tenemos supongo, solo que yo soy muy frágil. Es como poner una tonelada de ladrillos encima de la baca de un Seat 600.
Si, tengo problemas de todo tipo, podría tener un desplegable igual que el de los tarjeteros, que cuando los abres caen al menos un metro hacia el suelo, lleno de tarjetas de todo tipo y que al final solo utilizamos las de carburante, esas que siempre pasamos sin darnos cuenta tras repostar, mecánicamente, y que para obtener un mísero bolígrafo con el logotipo de la gasolinera necesitamos 300.000 puntos. Bueno, pues como ese tarjetero es mi lista de problemas: mi vida privada, mi vida con los amigos, mi no empleo, la cárcel particular que es mi cuerpo y mi mente, los recuerdos del pasado que atormentan en “surtidas” ocasiones mi cerebro, dejándose deslizar por sus recovecos tal y como utilizan los niños los tubos de Aquopólis. Se divierten, estoy segura, haciéndome nuevamente llorar, y entonces surge ese muro que los para, ese muro que intenta defenderme de ellos, y que lo aplico a todas las cosas. A todos esos fantasmas negros que surgen de todas partes. A demasiadas cosas. Surge a veces sin
que malos pensamientos ronden mi cerebro. Surge siempre, y ya no puedo detenerlo. Me protege y a la vez me hace ser mucho más insegura y frágil. Más cobarde cada vez.
Mírame, tengo pinta de echar a correr, de esconder mi cabeza como un avestruz ante un peligro inminente. Soy tan tonta y pasmada que hasta Clark Kent en Superman es un superdotado a mi lado. Clark Kent, no Superman naturalmente, que ya sabemos que es bastante superdotado.
Siento miedo de tener miedo, de la soledad y de la muerte. Me espanta que mis seres queridos puedan desaparecer. Me siento como un jarrón de cristal lleno de flores al borde de un precipicio.Me aterra la vida, y para el día a día necesito un flotador que me haga sentirme bien aunque esté rodeada de tiburones. No me doy cuenta que mi flotador está lleno de aire y que solo esto me sujeta. Aire.
La vida de hoy en día es peligrosa, soez y triste. Me abruma la salida del sol porque me anuncia un nuevo día lleno de peligros.
Recuerdo que hace tiempo era optimista, ahora me he convertido en una optimista con mala experiencia, o sea, una pesimista a palo seco.
Intento buscar las cosas buenas en la gente que me rodea, intento yo misma ser buena, pero me es imposible, quizá sea recíproco y yo fomente el malestar de la gente y no me de cuenta. Soy arisca y los demás también lo son conmigo. Me pongo a la defensiva, y soy de las que pienso que todo el mundo es idiota hasta que se demuestra lo contrario. Conmigo hacen lo mismo.
Me cuesta terriblemente enfadarme, pero cuando lo hago, no puedo parar. No puedo hacerlo. Soy como Hulk pintada de verde. Mi ira es terrible. La apaciguo siempre que puedo pero a veces soy como un volcán anunciando la inminente erupción.
Dios, que puedo hacer si mi Lexatín apacigua el volcán como quien pisa la colilla de un cigarro.....
¿Que puedo hacer para continuar viviendo?
Acudir al psicólogo, ya, es fácil decirlo, pero es muy complicado contar toda mi vida a un señor de pelo blanco, con las gafas caídas y que me otea desde su sofá desgastado..Sales vacía completamente y con otro problema más añadido: ¿No conoceré este señor y le he contado todos mis problemas con pelos y señales? El caso es que me sonaba su cara...... ¿No me lo encontraré cualquier día de cañas, y se me quedará mirando? Pensando... la loca esa.
No vuelvo más.
De modo que nuevamente me encuentro sola con mis problemas y mi cajita de Lexatín que siempre me llenará de buenos momentos, tranquilos y sosegados...... no hace preguntas y no tiene gafas.

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